alrededor de la mesa se detuvo.
Solamente se escuchaba el chisporroteo de la carne sobre el asador.
Rodrigo era bastante más corpulento que Alejandro.
Le llevaba varios kilos de ventaja y presumía constantemente cuánto peso podía levantar en el gimnasio.
Durante toda la tarde había estado burlándose de nosotros.
A Alejandro lo llamaba mandilón.
A mí me decía princesita.
Incluso había comentado frente a todos:
—Esta mujer tiene cara de ponerse a llorar si alguien le levanta tantito la voz.
Yo había ignorado sus provocaciones.
No quería arruinar la reunión.