Pero ahora había cruzado un límite.
Me limpié lentamente la mejilla con una servilleta.
—Rodrigo —repitió Alejandro—, te estoy diciendo que le pidas perdón. Ahora mismo.
Mi cuñado soltó una carcajada.
—¿Y si no quiero, qué vas a hacer?
Alejandro dio un paso hacia él.
—No voy a permitir que humilles a mi esposa.
Rodrigo dejó caer la lata vacía sobre la mesa.
Después se acercó y empujó violentamente a Alejandro con ambas manos.
Mi esposo retrocedió hasta golpearse contra una hielera.
La tapa se abrió y varios cubos de