Terminé de leer con la vista borrosa.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Me volví.
Mi tío Ramiro estaba parado en la puerta.
Tenía 69 años y, por primera vez desde que podía recordarlo, parecía asustado de mí.
Miró la carta de mi madre.
—No tendrás que seguir buscando, Adrián.
—¿Qué sabes?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Todo.
Apreté el papel entre los dedos.
Ramiro tragó saliva.
—Tu madre no fue asesinada por los hombres que te dijeron.
Sentí que el aire desaparecía.
Y entonces añadió:
—Murió porque intentó