la empresa.
No lo perdoné de inmediato.
Tal vez nunca por completo.
Pero dejé de perseguir fantasmas.
Entregamos los documentos a abogados y auditores. Lo que todavía podía corregirse se corrigió. Lo que ya no tenía remedio quedó documentado.
No quería que otra generación de mi familia heredara secretos disfrazados de protección.
Creí que todo había terminado.
Hasta que una noche Sofía estaba jugando en mi biblioteca y comenzó a cantar otra vez.
Cuando terminó, dijo:
—Mi abuelita dice que las canciones encuentran la casa.
Lucía se quedó inmóvil.
—Sofía