la otra persona no necesita demostrar primero que tienes derecho a sentirlo.
Noah cumplió diez años.
Para entonces llamaba a Julian “papá” y a Adrian “papá Adrian”.
Nadie lo decidió.
Simplemente apareció un día.
Adrian lloró después.
No delante de Noah.
Me llamó.
—Dijo “papá Adrian”.
—Lo sé.
—¿Tú se lo enseñaste?
Me reí.
—No.
—¿Julian?
—Tampoco.
Silencio.
—Claire.
—¿Sí?
—Gracias por no enseñarle a odiarme.
Aquello me dejó callada.
—No lo hice por ti.
—Lo sé.
—Lo hice por él.
—También lo sé.
Era la primera conversación que teníamos