hablar. Entonces papá dejó el tenedor.
“Me equivoqué con respecto a la Marina”, dijo. “No quiero decir que todas mis preocupaciones fueran infundadas. Tenía miedo de que desaparecieras”.
“Hice.”
“Sí. Esa es la parte que no puedo decidir si fui yo el causante.”
“Nos ayudaste.”
Él asintió. “Lo sé.”
Mi madre y yo lo miramos fijamente. No recordaba que mi padre hubiera admitido jamás que se equivocaba sin dar ninguna explicación.
“Pensé que habías elegido la vida más peligrosa posible”, dijo, “para demostrar que no necesitabas a nadie”.
Había suficiente