Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

—Es extraño decírtelo.

—No debería.

—Lo sé.

—¿Tienes miedo de que me moleste?

Pensó.

—Un poco.

Me reí.

—No.

Su cuerpo se relajó.

—Bien.

—¿Ella sabe de nosotros?

Pregunté.

—Todo.

—¿Incluso Sophie?

—Sobre todo Sophie.

—Bien.

—Me preguntó algo.

—¿Qué?

—Qué habría pasado si aquella noche yo me hubiera quedado contigo.

Pensé.

—¿Qué respondiste?

—Que quizá todavía nos habríamos casado.

—Probablemente.

—Y quizá habríamos sido infelices.

Lo miré.

—Eso también es posible.

—Dijo que era una respuesta triste.

—No.

Negué.

—Es una respuesta adulta.

Adrian sonrió.

—Le conté lo que