Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

dijiste una vez.

—¿Qué cosa?

—Que no necesitabas encontrarme en una cama con otra mujer para tener permiso de marcharte.

Recordé.

—Ah.

—Me cambió.

—Espero que para bien.

—Mucho.

Silencio.

—Con Emma, cuando algo le molesta…

—¿Qué haces?

—La creo.

Aquello me produjo una emoción extraña.

No amor.

Algo parecido a paz.

—Bien.

—Incluso cuando pienso que está exagerando.

—Muy bien.

—Después discutimos sobre si exagera.

Me reí.

—Eso ya es matrimonio.

Se casaron al año siguiente.

No fui a la boda.

No por incomodidad.

Porque no teníamos ese tipo