de dos personas.
Renata.
Santiago.
Mi padre no había iniciado el fraude.
Pero meses antes de mi arresto había descubierto parte de lo que hacían.
En lugar de denunciarlos, eligió proteger el apellido Salgado.
Yo había empezado a hacer preguntas sobre ciertas facturas.
Eso me convirtió en un problema.
La solución fue convertir a la contadora incómoda en delincuente.
El día que salí de prisión llevaba el cabello más corto, una pequeña maleta y 184 pesos en la cartera.
Nadie de mi familia estaba esperándome.
No me sorprendió.
Pero junto