18 meses imaginé que recuperar mi libertad significaría ver a mi familia perderlo todo.
Me equivocaba.
La verdadera victoria no fue verlos vender propiedades.
Ni ver a Renata sin las perlas.
Ni ver a Santiago entrar a declarar.
Ni siquiera escuchar a mi padre admitir que había elegido protegerlos a ellos sacrificándome a mí.
La verdadera victoria fue algo mucho más sencillo.
Ellos ya no decidían dónde vivía.
No decidían qué trabajo tenía.
No decidían cuánto valía mi nombre.
Y, sobre todo, ya no podían decidir quién era yo.
Por