primera vez desde aquella noche frente al despacho de mi padre, no sentí rabia.
Tampoco miedo.
Solo paz.
Y comprendí que eso era precisamente lo que ellos habían perdido para siempre.
primera vez desde aquella noche frente al despacho de mi padre, no sentí rabia.
Tampoco miedo.
Solo paz.
Y comprendí que eso era precisamente lo que ellos habían perdido para siempre.