quitarle.
—Sé leerla —respondió—. Lo que no sé es por qué nadie quiso comparar sus páginas.
El juez Arturo Cárdenas dejó de sonreír.
Adriana tenía 34 años y llevaba casi 5 limpiando aquel edificio judicial de Puebla. Llegaba antes de que abrieran las oficinas, retiraba vasos de café y recogía papeles junto a escritorios donde raramente alguien le daba los buenos días.
Esa mañana había salido del turno de limpieza directamente a la audiencia. Bajo el brazo llevaba una carpeta con separadores y una fotografía que todavía no pensaba mostrar.