Adriana notó que Celia apretaba la bolsa de las llaves. Recordó haberla encontrado meses atrás llorando junto a una máquina de café. Le había ofrecido agua y preguntado si necesitaba llamar a alguien.
Celia le contó entonces que la casa la construyó con su esposo durante 20 años. Allí seguía el marco de una puerta donde habían marcado la estatura de Iván.
—No quiero que me regalen nada —había dicho—. Quiero conservar lo que nunca vendí.
Adriana conocía aquella necesidad de explicar que pedir justicia no era pedir un favor.