«¡Ni siquiera sabes leer!» —se rió el juez en la sala del tribunal… hasta que el conserje se puso de pie y lo puso en su lugar.

De niña acompañaba a su padre a las obras. Él guardaba los recibos dentro de bolsas transparentes para que no se mancharan de cemento y pagaba primero a sus trabajadores. Cuando ella eligió estudiar Derecho, Esteban le compró un código usado y escribió su nombre en la primera página. Adriana todavía conservaba aquel libro. A veces lo abría buscando las notas del margen; otras, solamente para ver la letra que ya no iba a encontrar en ningún papel nuevo.

Ahora abrió la carpeta cuando Lorena se lo indicó. Las copias