había visto cómo mi hermano aceptaba cada privilegio sin preguntarse de dónde venía.
Pero aquella vez parecía sinceramente avergonzado.
—Necesito copias de todo —dije.
Asintió.
—Te las traje.
Me quedé mirando la carpeta.
Después pregunté:
—¿Papá sabe esto?
Brandon tardó demasiado en responder.
—No estoy seguro.
Aquella noche llamé a mi padre.
Contestó al tercer tono.
—Mariana, espero que hayas terminado con tu berrinche.
Cerré los ojos.
—Papá, necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Tú crees que me has dado noventa mil dólares durante los últimos cinco años?
Hubo un silencio absoluto.