ultrasonidos, recetas y un pase urgente a un especialista en medicina materno-fetal: mi embarazo había sido catalogado oficialmente como de alto riesgo.
Caleb, mi esposo, me había jurado por Dios que esta vez sí estaría ahí. Me prometió tomarme de la mano, escuchar las indicaciones de la doctora y acompañarme. Pero diez minutos antes de la cita, como si fuera una burla calcada de los últimos cuatro años, me llegó un mensaje seco a la pantalla:
«Surgió una bronca pesadísima con los socios en la oficina. Estoy atorado en la