lágrimas empapándome el cuello. Dos señoras que esperaban consulta comenzaron a recoger con cuidado los trozos de mis papeles rotos del suelo.
Miré a Sandra. No había un solo rastro de culpa en sus ojos. No había remordimiento. No me preguntó si el bebé estaba bien. Solo tenía el terror egoísta del criminal atrapado.
Se me acercó a paso rápido y me susurró con desesperación:
—Rachel… diles a todos que fue un malentendido. Habla con esa muchacha, dile que estábamos jugando, que exageraste. Tienes que arreglar esto ahorita mismo.
La