junta. Le pedí a mi mamá que pasara por ti para que no estés sola. Te veo en la noche».
Se me cayó el alma a los pies. Que Caleb no fuera ya dolía, pero mandar a su madre, Sandra Whitmore, era una sentencia de tortura.
Sandra jamás se aparecía para ayudar; Sandra iba a los lugares únicamente para marcar territorio y ejercer control.
No pasaron ni diez minutos cuando el sonido tajante de unos tacones caros resonó por el pasillo de loseta blanca. Apareció con un abrigo beige de