y comenzó a desgarrar los análisis de sangre, las ecografías y los planes de medicación, arrojando los pedazos al suelo como si fueran basura.
—Utilizas estos papelitos igual que como usas tus lágrimas de cocodrilo: para manipular —siseó con puro veneno—. Pero a mí no me vas a ver la cara de estúpida.
Ciega de impotencia, le alcancé a sujetar el antebrazo para que no rompiera la última copia del ultrasonido.
La respuesta de Sandra fue salvaje, desmedida, inhumana.
Levantó la mano derecha y me cruzó la cara con una