los precios del menú.
A mitad del plato comenzó a envolver carne en una servilleta.
—¿Qué haces?
Se asustó.
—Es para mañana.
Ella me miró con los ojos hinchados.
—Pero tampoco venías.
Eso sí era culpa mía.
No podía ponerlo sobre Teresa.
Entonces Mariana comenzó a enumerar momentos
(Continúa leyendo en la siguiente página)
que yo había perdido.
Su graduación de primaria.
Mi madre me dijo que no valía la pena viajar porque Mariana no había recibido reconocimiento.
La profesora Ortega intervino:
—Fue el mejor promedio de su generación.
Mariana