lugar estatal —dijo la profesora.
Sentí que algo se desmoronaba dentro de mí.
Mi hija había ganado premios.
Había estudiado.
Había obedecido.
Había pasado hambre.
Y yo la había regañado desde cientos de kilómetros porque confiaba más en la voz de un adulto que en la de mi propia hija.
La abracé.
Al principio quedó rígida.
Luego me sujetó la camisa.
—Pensé que no me querías porque me parezco a mamá.
Lloré como no había llorado desde que enterramos a Lucía.
Esa tarde la llevé a comer.
Mariana miró primero