Fui a regañar a mi hija por «malgastar» mi dinero y descubrí que la registraron como pobre: un recibo bancario destapó la trampa

nos dejaron prácticamente en cero y acepté dirigir proyectos industriales fuera del estado porque era la única manera de recuperar estabilidad.

Mi hija Mariana tenía diez años cuando la dejé al cuidado de mi madre, doña Teresa.

Cada mes enviaba dinero.

Para comida.

Ropa.

Útiles.

Transporte.

Médicos.

Y una cantidad aparte que, según mi madre, cubría colegiaturas, cursos y cualquier

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emergencia de Mariana.

Nunca faltó un depósito.

Sin embargo, Teresa siempre tenía una queja nueva.

—Mariana está muy gastalona.

—Se volvió floja.

—Quiere ropa