cara.
—Se la pasa en la calle.
—Te está tomando el pelo porque sabe que estás lejos.
Y yo, como un idiota, le creía.
Aquella vez compré un boleto para Guadalajara decidido a castigar a mi hija.
No le avisé.
Llegué a su preparatoria cerca de la hora del almuerzo y la busqué entre los estudiantes.
Tardé varios minutos en reconocerla.
Mariana estaba sentada sola en una jardinera, con un uniforme deslavado y unos tenis tan gastados que la suela comenzaba a despegarse.
Pero lo que realmente me paralizó fue