—En el hombro.
—¿Cuál?
—Una mariposa.
Todo era inventado.
—¿Y los treinta y dos mil de la computadora?
—Se los gastó.
—¿En qué?
—Ropa.
—¿Dónde está?
Otra pausa.
—Seguro la escondió.
Entonces pregunté:
—¿Cuánto dinero te he mandado este año?
Su tono cambió.
—¿Por qué?
—Estoy revisando cuentas.
Silencio.
—¿Tu empresa está auditando transferencias?
Ahí apareció el miedo.
Pequeño.
Pero clarísimo.
Quedamos de vernos al día siguiente.
Mariana quiso acompañarme.
No me gustaba la idea, pero su psicóloga
(Continúa leyendo en la siguiente página)
había sido clara: había que devolverle