miedo.
Pequeño.
Pero clarísimo.
Quedamos de vernos al día siguiente.
Mariana quiso acompañarme.
No me gustaba la idea, pero su psicóloga había sido clara: había que devolverle capacidad de decidir.
Llegamos a la casa a las seis.
Mi madre abrió sonriendo.
Detrás de mí estaban Laura y Ricardo.
Teresa vio a Mariana pegada a
mi brazo y su expresión cambió.
—Ven para acá —ordenó.
Mi hija no se movió.
—Mariana, te estoy hablando.
Di un paso al frente.
—No vuelvas a hablarle así.
Mi madre me miró sorprendida.
—¿Qué traes?