puerta la vi abrir la mochila, sacar el medio bolillo que había guardado, partirlo dentro de un vaso y echarle agua caliente de un dispensador.
—Hace eso seguido —susurró la profesora—. Come la mitad al mediodía y guarda la otra mitad para la tarde.
Sentí vergüenza.
Luego rabia.
Luego algo peor.
Miedo.
—¿Mariana tiene tatuajes?
La profesora pareció confundida.
—No.
—¿Piercings? ¿Falta a clases? ¿Tiene un novio problemático?
—Señor Mendoza, su hija tiene uno de los mejores promedios
(Continúa leyendo en la siguiente página)
de toda la preparatoria.
Abrí otra