Fui a regañar a mi hija por «malgastar» mi dinero y descubrí que la registraron como pobre: un recibo bancario destapó la trampa

su propio padre la había abandonado.

Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.

PARTE 2

—Antes de hablar con Mariana, hay algo que debe entender —me dijo la profesora Ortega—. Su hija puede tenerle miedo.

Aquello me dolió más que cualquier acusación contra mi madre.

—¿Miedo de mí?

La

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profesora abrió una carpeta con reportes de años anteriores.

Mariana había comentado a una trabajadora social que su padre se enfadaba si gastaba dinero.

Era verdad.

No porque ella gastara.