les entrego los papeles en orden y celebramos esta nueva etapa.
Javier se levantó feliz, me dio un beso rápido en la frente —un beso que me supo a traición— y se fue creyendo que había ganado.
En cuanto escuché que su coche arrancó en la calle, se me salieron las lágrimas que había estado aguantando, pero me las sequé con el dorso de la mano en menos de un minuto. No era momento de llorar; era momento de actuar.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana en