Mi hijo me internó en una residencia de ancianos para vender mi casa, hasta que su plan fracasó.

punto, no fui a ver ningún asilo. Fui al despacho de don Arturo Mendoza, el viejo abogado y amigo de mi difunto esposo, y después pasé directamente a una agencia inmobiliaria especializada en compras inmediatas para inversionistas.

—Carolina, ¿estás segura de lo que quieres hacer? —me preguntó don Arturo mientras revisaba las escrituras originales donde solo aparecía mi nombre, ya que la casa la había terminado de pagar yo sola durante veinte años de viudez—. Si haces este movimiento, no habrá marcha atrás y Javier no podrá reclamar ni un