desesperación. Busqué un rastro de vergüenza, o хотя fuera un destello de aquel niño tierno que a los seis años se ponía a llorar desconsoladamente cuando pisaba una hormiga por accidente en el jardín.
Pero no encontré nada. Frente a mí solo había un hombre calculador, viendo el patrimonio de mi vida como si fuera un billete de lotería que le pertenecía por derecho.
Trabajé en dos empleos durante casi toda mi vida adulta para que a este muchacho jamás le faltara nada y nunca tuviera que pasar las carencias