que yo sufrí de joven. Le pagué la universidad sin que tuviera que pedir un solo peso prestado y le di el futuro brillante que su padre nunca pudo llegar a ver. Y ahora, treinta años después, estaba sentado en mi propia cocina exigiéndome que empacara mis recuerdos y me encerrara en una residencia para que él pudiera cobrar el dinero de mis ladrillos.
Respiré hondo, junté mis manos sobre la mesa, lo miré a los ojos y le dije que sí. Que estaba de acuerdo.
Pero acepté únicamente porque