Lo convertimos en un pequeño taller para mi padre.
Volvió a construir muebles.
Volvió a sonreír.
Mi madre regresó a coser.
Y poco a poco la casa volvió a sentirse como antes.
Un domingo, mientras tomábamos café en el jardín, mi padre sacó la llave oxidada.
La puso sobre la mesa.
—Quiero que la tengas tú.
La miré sorprendido.
—¿Yo?
Asintió.
—Porque cuando todos pensaban que esta llave abría una caja con dinero, tú fuiste la única persona que vino a abrir una puerta para nosotros.
La tomé.
Era vieja.