su abuela.
—Y yo soy su madre.
Colgué.
Dos horas después Santiago llamó.
—Mi madre te llamó.
—Sí.
—Lo siento.
—¿Le diste mi número?
—No. Lo tenía.
—Bien.
—Le dije que no vuelva a hacerlo.
Eso me sorprendió.
—¿Qué?
—Hasta que tú y la psicóloga digan que puede acercarse.
—¿Ella aceptó?
Santiago soltó una risa.
—No.
—¿Y?
—No necesita aceptar.
Esa fue la primera vez que vi una diferencia real.
Cinco años atrás su madre había reforzado su sospecha.
Él no había cuestionado nada.
Ahora le estaba poniendo un límite.