—Si estás embarazada, no voy a criar al bastardo de otro.
Esa fue la última frase importante que Santiago Vega me dijo cuando todavía era mi esposo.
Cinco años después volvió a mi memoria cuando lo vi detenerse junto a mi asiento en un vuelo de Ciudad de México a Mérida.
Era viernes.
Yo regresaba de un congreso sobre tecnología ambiental.
Santiago miró mi asiento, habló con la sobrecargo y, aunque había otros lugares disponibles en primera clase, consiguió sentarse junto a mí.
—Elena.
—Buenos días, Santiago.
Seguía teniendo el