aquel aeropuerto.
Nada de restaurantes lujosos.
Fuimos a comer tacos.
Las niñas estaban con Teresa.
—Esto es extraño —dije.
—Mucho.
—Fuimos esposos.
—Técnicamente.
—No uses técnicamente.
—Bien.
Santiago me miró.
—¿Puedo hacer una pregunta?
—Sí.
—¿Si esto sale mal, podemos seguir siendo padres sin destruir lo que construimos?
Eso era exactamente lo que yo necesitaba escuchar.
No:
¿Volveremos a casarnos?
No:
¿Me perdonas?
Sino:
¿Podemos proteger a las niñas incluso si nosotros fallamos?
—Sí.
—Entonces vale la pena intentarlo.
Asentí.
—Una cita.
—Una.
—No te emociones.
—Imposible.
La segunda cita