más importante.
Lo que él rechazó aquella noche no desapareció porque no quisiera mirarlo.
La verdad siguió creciendo.
Primero fueron tres pequeños puntos en una hoja.
Luego tres latidos.
Tres cunas.
Tres voces gritando «mamá».
Tres niñas corriendo por un aeropuerto.
Tres jóvenes capaces de preguntarnos por nuestros errores sin cargar con ellos.
La verdad no necesitó que Santiago creyera en ella para existir.
Y quizá esa fue la lección más dura que tuvo que aprender.
Cinco años después, cuando vio a Lucía, Sofía y Valentina, creyó que su castigo