miró con suavidad.
—Porque tu padre pregunta por la gente. Escucha sus respuestas. Y recuerda lo que le cuentan.
Sentí un nudo en la garganta.
Durante años, había pensado que mi padre era un hombre reservado porque no tenía demasiado que decir.
Ahora empezaba a sospechar que guardaba silencio porque estaba ocupado escuchando a los demás.
A las siete menos cuarto, una anciana se acercó a mi padre con una bolsa de tela.
Caminaba lentamente y llevaba un abrigo marrón que parecía demasiado fino para aquella mañana fría.
—Erik —dijo—,