“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

aquella familia.

Pero todo había comenzado cuatro meses antes, cuando Alejandro Mendoza todavía estaba convencido de que el amor era una pérdida de tiempo.

A sus treinta y cinco años, Alejandro dirigía una importante constructora de Guadalajara. Tenía departamentos de lujo, inversiones millonarias y tres torres residenciales levantándose en Zapopan.

Sin embargo, llevaba siete años viviendo solo.

Dos semanas antes de su boda, su prometida Camila lo había abandonado por uno de sus mejores amigos. Desde entonces, Alejandro decidió que jamás volvería a confiar su felicidad a otra persona.

Su