“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

Recordó los días en que apenas tenía dinero para comprar comida, las manos llenas de heridas y las noches en que pensaba que jamás volvería a confiar en nadie.

—Sí —respondió entre lágrimas—. Claro que sí.

Se casaron en un pequeño jardín, rodeados de familiares y compañeros de trabajo.

Don Arturo acompañó a Valeria hasta el altar.

Sofía llevó los anillos.

Ricardo estuvo presente, esta vez sin intentar dirigir la vida de nadie.

Alejandro vendió su departamento de lujo y compraron una casa con jardín.

En el refrigerador aparecieron dibujos