La tercera vez que aplazó nuestra boda, renuncié, vendí todo lo que me había regalado y volví al pueblo… un mes después, mi exjefe estaba recorriendo medio país buscándome

se apoyó en el marco de la puerta.

Todavía llevaba la camisa del trabajo.

Las mangas remangadas.

La corbata medio aflojada.

Normalmente aquella imagen habría bastado para hacerme olvidar cualquier enfado.

Aquella noche solo pensé que faltaban seis días para no volver a verla.

—¿Y qué te está preparando tu madre?

Lo miré.

—Nada importante.

—Parecía bastante importante.

—¿Desde cuándo lees mis mensajes?

—No los estaba leyendo.

—Entonces perfecto.

Intenté pasar junto a él.

Ethan se interpuso.

No me tocó.

Pero ocupaba casi todo el pasillo.

—Nora.

—Tengo sueño.

—¿Qué