me quedaba.
Siempre terminaba cediendo.
Siempre encontraba una explicación.
Su empresa.
Su familia.
Su miedo.
Su agenda.
Su presión.
Siempre había algo más importante que mi límite.
Ethan continuó:
—Estás enfadada.
—No.
—Sí.
—Ojalá.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Estar enfadada sería mejor.
Me aparté.
—Buenas noches.
Esa noche no dormimos juntos.
Fue decisión de Ethan.
Se encerró en su estudio.
Yo tampoco dormí.
Me quedé mirando el techo.
La casa era enorme.
Demasiado silenciosa.
En cada habitación había algo mío.
Un libro.
Una taza.
Un abrigo.
Una planta.
Una horquilla