regresó.
Según me contaría mucho después, lo primero que notó fue el silencio.
Después vio mis zapatos.
Faltaban.
Abrió el armario.
La mitad estaba vacía.
Corrió al baño.
Mi cepillo de dientes ya no estaba.
Después a la mesita.
Mi cargador.
Mis libros.
Nada.
En la cocina encontró las llaves.
Me llamó.
El teléfono sonó apagado.
Otra vez.
Apagado.
Envió:
“¿Dónde estás?”
Nada.
Después:
“Nora, basta.”
Nada.
A las nueve:
“¿De verdad te fuiste?”
A medianoche:
“No hagas esto.”
A las tres:
“Envíame tu ubicación.”
A las cinco:
“Podemos hablar.”