La tercera vez que aplazó nuestra boda, renuncié, vendí todo lo que me había regalado y volví al pueblo… un mes después, mi exjefe estaba recorriendo medio país buscándome

manos.

—Debí entenderlo cuando renunciaste.

Silencio.

—Debí entenderlo cuando dejaste de preguntar por el labial.

Silencio.

—Debí entender muchas cosas.

Mi garganta ardía.

—Estoy intentando aprenderlas tarde.

No respondí.

—Si estás bien, cuelga.

Miré el teléfono.

Después colgué.

Dos minutos más tarde llegó un mensaje al fijo convertido en buzón digital.

“Gracias.”

Aquella llamada me arruinó el día.

Estuve de mal humor.

Lucas me encontró golpeando cajas de tomates como si me debieran dinero.

—¿Ex?

—Ex.

—¿Quieres hablar?

—No.

—Perfecto.

Me pasó otra caja.

Eso ayudó.

Dos meses después lanzamos