relación con Ethan se volvió extraña.
No éramos pareja.
Tampoco amigos exactamente.
Él preguntaba.
Yo respondía cuando quería.
A veces hablábamos quince minutos.
A veces una hora.
Nunca mencionaba matrimonio.
Nunca pedía volver.
Yo empecé a extrañarlo de una manera distinta.
No al hombre que me mantenía esperando.
Al hombre que, lentamente, estaba aprendiendo a no apretar cuando tenía miedo.
Lucas lo notó.
—Sigues queriéndolo.
—Sí.
—Entonces ¿por qué no vuelves?
Miré las plantas de tomate.
—Porque quererlo no garantiza que pueda vivir con él.
Lucas asintió.
—Justo.
—¿Eso es