La tercera vez que aplazó nuestra boda, renuncié, vendí todo lo que me había regalado y volví al pueblo… un mes después, mi exjefe estaba recorriendo medio país buscándome

se tapó la cara.

—Por favor, déjalo morir.

—Nunca.

Se rio.

—¿Algo más?

Respiré.

—Si quieres algo, lo dices.

—Sí.

—Si tienes miedo, lo dices.

—Sí.

—Y no me pidas que espere indefinidamente.

Ethan dejó de sonreír.

—Eso no volverá a ocurrir.

—No prometas demasiado.

—Bien.

Pensó.

—Entonces diré esto: si alguna vez necesito tiempo para una decisión que también afecta tu vida, te diré cuánto y por qué.

Eso era mejor.

—Aceptado.

Volvimos despacio.

No hubo beso dramático.

Ni música.

Al llegar a la puerta, Ethan preguntó:

—¿Puedo besarte?