aquella mañana.
Cuando cerré la puerta de la villa.
Puse las llaves sobre la mesa.
Subí una sola maleta a un triciclo.
Y no dejé una carta.
Porque después de tres años preguntando:
“¿Cuándo?”
por fin había entendido que yo también podía responder una pregunta.
“¿Cuánto más estás dispuesta a esperar?”
Mi respuesta fue:
Ni un día más.
Y solo después de aprender a irme…
pude elegir, mucho tiempo después, quedarme.