También pensé en todas las veces que me había sentido sola a su lado.
—Amé al hombre que creí que eras —respondí—. Pero ya no puedo confiar en el hombre que eres ahora.
Se cubrió el rostro con las manos.
No intenté consolarlo.
Aquello habría significado regresar al mismo lugar del que tanto me había costado salir.
—Vete, Daniel.
Esta vez obedeció.
Cuando desapareció por las escaleras, cerré la puerta.
Y comprendí algo importante.
No sentía alegría por verlo sufrir.
Tampoco deseaba castigarlo.
Simplemente ya no quería compartir mi vida