años, sosteniendo una cámara de juguete.
—Se parece a mí.
—También se parece a sí mismo.
Él aceptó el golpe en silencio.
—Quiero conocerlo.
—Lo sé.
—No quiero quitártelo.
—No podrías.
—Emily.
—No podrías —repetí—. No porque tenga mejores abogados. No porque haya documentos. No porque puedas perder un juicio. No podrías porque Noah no es un objeto que se traslada de una casa a otra para satisfacer culpas atrasadas.
Alexander cerró los ojos.
—Entiendo.
—No. Estás empezando.
Cuando abrió los ojos, había algo húmedo en ellos.
Nunca había visto