volvió a hacerlo.
En cambio, empezó a traer un solo libro por encuentro, siempre preguntando antes a la doctora.
Aprendía.
Lento, pero aprendía.
Un sábado, Noah tuvo una feria científica.
Había construido un pequeño robot que separaba piezas por color. Estaba nervioso, aunque intentaba ocultarlo.
—¿Puede venir él? —preguntó mientras desayunaba.
No necesité preguntar quién.
El “él” ya tenía un lugar.
No un título.
Pero sí una existencia.
—¿Quieres que venga?
Noah removió el cereal.
—Quiero ver si aparece.
La frase fue una prueba.
Para Alexander.
Para mí.
Para el