vimos cruzar el control de seguridad.
Al otro lado, giró y agitó la mano.
Yo levanté la mía.
Alexander también.
Cuando desapareció, el aeropuerto siguió igual.
Gente corriendo.
Maletas rodando.
Anuncios por altavoz.
Pero para mí, el mundo había cambiado de forma.
Mi hijo ya no caminaba detrás de mí.
Caminaba hacia su propia vida.
Sentí un vacío enorme.
Y una paz igual de grande.
Alexander habló primero.
—¿Café?
Lo miré.
Durante un segundo vi al hombre del registro civil.
El de la tarjeta negra.
El del vuelo.
Luego vi